Tom Dumoulin, el nacimiento de un ídolo



FREDDY GONZÁLEZ – @FRE_GONZALEZ

Recién finalizada la disputa por el centenario Giro de Italia, sin duda que la primera palabra que se viene a la mente de todos los que acompañaron esta extraordinaria carrera, no puede ser otra que Tom Dumoulin, pedalista holandés que no sólo se convirtió por primera vez en campeón de una de las llamadas tres grandes de Europa, sino que, a punta de esfuerzo y convicción,  empezó a escribir su nombre como uno de los nuevos ídolos de  la disciplina.

Con tan sólo 26 años, y apenas con cuatro años dentro del ciclismo profesional, el ganador de la maglia rosa se vislumbra, como una verdadera estrella que apenas comienza a brillar. Y es que,  se dice fácil,  pero derrotar en una carrera con la más dura montaña a hombres como  Tibout Pinot, Nairo Quintana y Vicenzo Nibali sin contar con un equipo blindado de gregarios, y además,  soportar la burla desmedida de buena parte del público espectador y los medios de comunicación luego del problema estomacal sufrido durante la etapa reina, aunada a  la propia fortaleza física que tuvo que recuperar tras ese fatídico día, lo llevan a dar a su historia un tinte particular.

Ahora bien, ¿está Dumoulin en condiciones de mantenerse entre los grandes?, y yo considero sin ningún tipo de dudas que sí, no sólo porque en cada una de sus intervenciones ante la prensa se le ve como un hombre centrado,  maduro  y con la suficiente estabilidad de asumir lo que se le presente, sino porque además  en la parte netamente deportiva, con esas más que aceptables condiciones que tiene para defenderse en la cuesta, sumada a la abismal ventaja que le lleva a la mayoría de sus rivales en la crono,  siempre que mantenga la cabeza en la tierra, fácilmente puede conquistar muchas de las coronas mundiales.

Así que, larga vida a Dumoulin, larga vida al Giro de Italia y sobre todo al ciclismo, y orgullosos debemos sentirnos todos los que amamos esta inigualable disciplina deportiva que durante 21 días nos brindó una fiesta digna de admirar,  la cual, hoy en día, cuando encendemos el televisor por las mañanas nos deja un nostálgico vacío ante su ausencia.

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